LOS MINIS

Había una vez un grupo de amigos que andaban buscando un regalo especial de cumpleaños para un compañero. Como buenos amantes de los libros y la lectura, pensaron en regalar un cuento. ¿Qué mejor regalo aquel que aúna aventura, diversión y entretenimiento? No se ponían de acuerdo sobre qué tipo de libro querían. ¿Un cómic? ¿Un libro de aventuras? ¿Un cuento de piratas? Así que decidieron encaminarse a una librería, una librería cercana cuya librera les aconsejase.

Los amigos se dirigieron a la librería del barrio y entraron buscando el regalo perfecto. La librera parecía simpática y les fue paseando por los diferentes estantes y mostrándoles muchas opciones. ¡Había mucho donde elegir! La librera amablemente les pasó a otra estancia contigua en donde tenía un pequeño rincón de lectura con una mesa y varias sillas, y les acomodó allí. Colocó todos los libros seleccionados y les dejó para que eligieran uno.

El grupo de niños, distraídos como estaban, no se dieron cuenta de que la librera, sin hacer apenas ruido, cerró la puerta de la librería. A continuación, y con una falsa sonrisa se acercó a ellos y les ofreció unas galletas de aspecto delicioso.

  • Tomad, chicos, una galleta mientras os decidís. – ofreció la librera dirigiéndose al grupo
  • Mi mamá dice que no debemos coger nada que nos ofrezca un extraño. -dijo María
  • Pues yo tengo mucha hambre, y estas galletas tienen que estar riquísimas- comentó Diego
  • Yo creo que no pasa nada, es la librera del barrio la conocemos todos. – repuso Mercedes
  • ¡Claro, claro niños! Está bien que hagáis caso a vuestros padres, por supuesto, pero mirad estas suculentas galletas con pepitas de chocolate que he cocinado yo personalmente.

Los niños ante aquella visión  sucumbieron al encantamiento y comenzaron a saborear las galletas. Una tras otra devoraron la bandeja de galletas que estaba repleta. Casi al instante una sensación extraña les recorrió el cuerpo uno a uno. Por momentos iban empequeñeciendo hasta convertirse en diminutos seres humanos. No eran más grandes que una musaraña de 3 centímetros.

  • ¡Maldición! Debí añadir más blue zoelita natura radiance. No se han reducido todo lo que esperaba. Deberían ser más pequeños. – Increpó enfadada la librera

Y cogiendo uno a uno a los diminutos clientes los metió todos apretujados en una hucha con forma de rana.

La librera era la primera vez que se dedicaba a esto de las pócimas y brujerías y la verdad es que no se le daba muy bien.

Por otro lado, nuestros amigos estaban asustadísimos. Algunos ya pensaban en la reprimenda de sus padres, otros en las posibilidades de salir de allí, de escapar, y la mayoría se quejaba de lo muy apretados que estaban unos con otros.

Tanto que el pelo de Celia le daba en la nariz a Luís y este sin poderse controlar y aún con la boca llena de galleta, estornudo por las muchas cosquillas que le hacía el pelo en la nariz.

  • ¡Jo, me has llenado de migas de galletas, Luís! Se quejó

De repente, las tripas de la rana, por así decirlo, comenzaron a crecer, y a crecer, y a crecer y la hucha de cerámica se transformó en una señora rana gigante que fue eructando y expulsando uno por uno a todos los niños de su barriga.

La librera al ver como crecía la descomunal rana se desmayó del susto.

Pero los niños aun seguían siendo pequeñitos, del tamaño de un diminuto ratoncito y la rana era enorme, tan grande que casi ocupaba ella sola la estancia de lectura de la librería.  A sus pies, o más bien a sus ancas, la librera permanecía inconsciente.

¿Qué vamos a hacer? – preguntó Pablo

Todos se miraron asustados. Aquello era muy, muy raro. Cuando la librera se despertara, volverían a correr mucho peligro con aquella loca de las pócimas.

Huir no era una opción porque eran tan diminutos que no llegarían ni a la puerta incluso andando y corriendo todo el tiempo. Mercedes propuso esconderse muy bien escondiditos, pero tampoco aquello convenció a los demás, escondidos ¿hasta cuándo? No aquello tampoco era una opción. La librera los buscaría removiendo libros, cajas y todo lo que fuera necesario. Diego propuso escapar por el inodoro. Él sabía muy nadar y desde el váter llegarían a las alcantarillas y a la calle más fácilmente.

  • ¿Pero te olvidas Diego de todos los peligros que correríamos? ¡Ratas y un montón de inmundicias! – le dijo Lucía
  • ¿Inmuno…qué? -preguntó Diego
  • ¡Inmundicias, cacas y pipis! – le espetó Celia
  • ¡qué asco, por Dios! -exclamó Julia

Estaban bloqueados. Esto pinta muy requetemal.

De pronto María exclamó:

  • ¡Lo tengo! ¡Que la rana se siente encima de la librera! Así no podrá moverse y nosotros tendremos tiempo suficiente para salir de la librería. Después llamaremos a nuestros padres.
  • ¡Claro, cómo si eso fuera tan fácil! – respondió Ana
  • Podemos intentarlo, ¿no? -le dijo María

Pero en ese instante una voz gutural y profunda se escuchó en la librería.

  • Os ayudaré. -dijo la rana. Hablaba muy pausadamente. -No se que ha podido pasarle a la librera, ella es una mujer muy amable y simpática. Pero si es cierto que últimamente se estaba comportando de una forma extraña y poco usual. Recuerdo que hace unas semanas llegó un señor muy extravagante con el que estuvo hablando mucho tiempo. Yo los escuché desde mi mesita del té. Y a partir de entonces Ella no volvió a ser la misma.

Yo creo que la han embrujado.  Os ayudaré, pero por favor no le hagáis daño a la librera. Y si además me ayudarais a sacarla del embrujo os lo agradaría muchísimo.

Los niños quedaron estupefactos. ¡Una rana que además de ser gigantesca, hablaba! La rana se colocó sobre el cuerpo inerte de la mujer, pero sin descargar todo su peso de manera que no le hiciera daño.

  • ¿Y si le diéramos de su misma medicina a la librera? – propuso Diego
  • ¡Hombre, no sé! – le contestó Sofía
  • Tiene que haber en algún sitio algún libro, texto, documento…algo que nos de una pista de lo qué está pasando. -comentó Olivia
  • Mirad en la papelera. – dijo la rana señalando un pequeño cesto de mimbre repleto de papeles arrugados

Y eso fue lo que hicieron. Fueron sacando y desdoblando los papeles, pero no encontraban nada que tuviera relación con lo que les había pasado, hasta que de pronto, Pablo, descubrió un papel en el que venían un montón de fórmulas y por detrás los ingredientes con sus instrucciones.  Se pusieron manos a la obra. Todos colaboraron en una pequeña pócima que administraron a la librera y que después ellos mismos tomaron. Esperaron un rato, pero no ocurría nada.

  • Ni se despierta, ni nada. A ver si le hemos dado de más y… – señaló Julia
  • No, no lo creo. Pero nosotros tampoco hemos cambiado y ya hace un rato que también hemos tomado lo mismo – comentó con tristeza Celia que ya pensaba en toda una vida en diminuto.

La tarde se deshacía. Los niños estaban bastante cansados y preocupados. Fueron siendo vencidos por el sueño. No saben exactamente cuánto tiempo permanecieron dormidos solo que al despertar todo, absolutamente todo volvía a ser normal. Ellos tenían el tamaño correcto, la rana volvía a ser una hucha y la librera…bueno la librera retomó su actitud amable como siempre la habían conocido. Gracias a su asesoramiento encontraron un libro de cuentos maravillo que regalar a su amigo.

Todo, todo, había sido un mal sueño.

GRACIAS a Diego, Mercedes, Celia, María, Eva, Julia, Olivia, Pablo, Miguel, Sofía, Héctor, Iván, Lucía, Ana.

Hasta septiembre, ¡os espero!

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