El mendigo. O mendigo

El mendigo bajaba por la calle. Con las manos en los bolsillos, tranquilo, canturreaba algo de primavera, de amor de pajaritos. Las señoras escondían sus rostros tras los abanicos. Los hombres se paraban, mirando indignados. El mendigo se detuvo delante de la terraza del café y empezó a rebuscar en los bolsillos sin mucha esperanza. En el último encontró una moneda y sonrió desdentado. Hizo una venia, agradeciendo a un público invisible, y fue a sentarse a una de las mesas, cruzando las piernas y apoyado casualmente con las manos detrás de la cabeza, ignorando a la gente que a su alrededor lo observaba con repulsa y antipatía.

El camarero apareció jadeando con un paño blanco en el brazo.

–Lo siento mucho. Está reservado el derecho de admisión. Está escrito allí.

–¿El derecho de qué?

–De admisión. ¿Sabe? La Dirección del establecimiento tiene el derecho de poder elegir a quien puede o no estar aquí. No pueden venir por aquí ciertas personas.

El mendigo miró alrededor hacia las personas que lo observaban con mala cara.

–Tal vez la Dirección tenga razón. Aquí en confianza, tampoco me parecen gran cosa.

Puso la moneda sobre la mesa y dijo amablemente:

–Tráigame un café, por favor. Y dígale a la Dirección que les deje quedarse. Lo que es por mí, no me importa.

Luís Correia Carmelo .

Traducción Pedro L. Cuadrado

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